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Las redes y su desigual sensación de igualdad

Durante el cursado de la materia “Tecnología de la Información y la comunicación, Cultura y Sociedad” del Posgrado en Periodismo Digital abordamos no hace mucho el tema de “La revolución de las TIC” y se propuso un debate interesante y profundo; el de abordar un caso resonante de comunicación en plataformas o en red al que podamos asociar algunos de los conceptos trabajados en clase.

Siempre vemos en los medios distintos casos en los que aparecen organizaciones de la sociedad civil a través de redes y plataformas y logran generar visibilidad a sus solicitudes. Movimientos que parecen estar fuera de la agenda periodística de repente adquieren relevancia y logran ser virales. Parecen pequeñas conquistas, pequeños alcances a una libertad soñada, momentos en el que las redes todo lo pueden y se logran verdaderas conquistas sociales y hasta políticas.

Toda la revolución de la tecnología cobra sentido. Su espíritu más noble se realza para que renovemos nuestro contrato diario con las redes y apostemos, aunque paralizados, desde el celular, a que su alcance no tenga techo.

Expuse en esa oportunidad un caso con «final feliz”. Un caso que logró ser viral y que sensibilizó a las redes sociales muchas veces calificadas como lugares en donde todo es efímero y banal.

Aun así, a pesar de ese buen desenlace, el caso nos invita también (al menos a mí) a cuestionar la realidad actual. Cuestionar nuestra forma de interactuar en redes sociales y nuestra forma de ignorar qué hay por fuera de ellas.

El caso. Emmita. La niña que todo lo pudo

Emmita es una niña chaqueña que fue diagnosticada en sus primeros meses de vida con atrofia muscular espinal (AME). Tras varios análisis, sus padres fueron notificados que necesitaba lo que se conoce como “el medicamento más caro del mundo”. Y es que, el famoso medicamento llamado Zolgensma vale USD 2,1 millones, se utiliza en distintos lugares del mundo y por lo menos hasta principios del 2021 no era admitido como tratamiento terapéutico válido por las obras sociales ni contaba con la aprobación de la ANMAT (la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica) para su utilización.

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¿Todo mal no? Bueno, estos jóvenes padres sabían que no había forma de conseguir ese medicamento solos, así que iniciaron una campaña en redes sociales. Golpearon muchas puertas, pero fueron muy pocos los que se sumaron a colaborar y alguien les recomendó que tenían que “ser virales”.

La mejor forma de hacerlo era contactándose con un famoso instagramer que se destaca por ayudar a las personas y sumarse a campañas. Algo así como un Julian Weich de “Sorpresa y Media” para los que nos criamos en los 90’s. Su nombre es Santi Maratea y a la fecha tiene 1,9mm de seguidores (mm sería millones en siglas de redes). Fue Santi quien se puso la campaña al hombro, literalmente iba calculando el dinero que tenían y el que hacía falta y fue sumando “en dólares” lo que se necesitaba para Emmita hasta llegar a la suma total para comprar el Zolgesma.

¿Qué dice la teoría de esto?

Analizando todo esto desde el punto de vista teórico, podemos citar a Castells entendiendo que hoy las redes sociales forman parte de las TIC (Nuevas Tecnologías de la Comunicación) y funcionan hoy también como medios de comunicación y canales de interacción de los individuos de todo el mundo marcando la agenda de los medios tradicionales. Porque todos los medios se hicieron eco del «Caso Emmita».

Según afirma Castells “las nuevas tecnologías son un paradigma, una cosmovisión del mundo no sólo un avance técnico” ya que forman parte de nuestra vida cotidiana. Y es que entendiendo también que, el teléfono celular es la tecnología que llegó a expandirse más rápido en los países del tercer mundo, se transformó en la herramienta más correcta o más útil a la hora de realizar una campaña como la que expuse; salvar la vida de una niña de menos de dos años.

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Así también podríamos señalar que esta nueva cosmovisión del mundo no es discutida. Lo que pasa en las redes es real porque lo estoy viendo casi instantáneamente. Durante los primeros meses del año 2021 a través de las redes los padres de Emmita buscaron exponer su vida, sus problemas y hablar de la gran suma de dinero que necesitaban juntar. Todo esto subiendo imágenes y videos diarios que mostraban cómo avanzaba la enfermedad en la pequeña.

Volverse “virales” era la única solución, salir en los medios una consecuencia y generar una campaña nacional en torno a su problemática un logro sólo realizable gracias al toque mágico del hada madrina en cuestión; el instagramer Maratea.

En el documental “La Revolución Virtual” se expone claramente el deseo de libertad en la red, entendida como forma de expresión y de gestión como mecanismo de “poder” para resolver casi cualquier problema gracias a la “influencia” que brindan las redes sociales. En definitiva; nos dice que; “Utilizada de manera correcta la red puede cambiar el panorama”.

Ahora bien, aunque el resultado de esta “campaña en redes” parece ser muy bueno, no podemos dejar de hacernos algunas preguntas; ¿Hay otras Emmitas invisibilizadas?. Si las hay, ¿qué podemos hacer para salvarlas?. ¿Existen tantos Santis Marateas para salvar a los niños en el país y el mundo que se encuentran en una situación terminal?

Para responder estas preguntas es necesario retomar los conceptos de Castells en “La era de la información: economía, sociedad y cultura”;

“Sin duda alguna existen grandes áreas del mundo y considerables segmentos de población desconectados del nuevo sistema tecnológico”…”Además, la velocidad de la difusión tecnológica es selectiva, tanto social como funcionalmente. La oportunidad diferencial en el acceso al poder de la tecnología para las gentes, los países y las regiones es una fuente crítica de desigualdad en nuestra sociedad”.

¿Qué podemos concluir?

Entendemos luego de esta reflexión que no podrán haber tantas campañas como niños que sufren las denominadas “Enfermedades Raras” como sucedió con Emmita. Esto sin mencionar a los niños que padecen distinto tipo de carencia alimentaria o de salud en nuestro país y en el mundo.

Esta “libertad” que mencionamos antes no deja de ser limitada, no deja de ser desigual y por momentos no deja de parecer injusta. La libertad es más bien un deseo, algo ilusorio que nos hace renovar nuestro contrato como consumidores de las redes y seguidores de tantos “influencers” que poco influyen en las problemáticas reales.

Nos hace reflexionar en la cruel realidad. Quien no posea redes sociales, contactos, conocidos, seguidores, no tendrá los mismos resultados que esta niña por la que festejamos.

Las redes manifiestan en su mecanismo las mismas desigualdades que tenemos en nuestro entorno social, son espejo de lo que somos. Sociedades injustas, con algunos destellos esperanzadores de libertades.

Por Maira Boyeras

 

 

 

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